Un día como cualquiera
Apuntes
Por: Christopher Esparza
"Están pasando demasiadas cosas raras para que todo siga tan normal" canta Charly García sobre la sombra en nuestras caras. Un día como cualquiera. El clic del hervidor me avisa que el agua ya está lista mientras cierro la mochila, con todas las cosas del trabajo preparadas, solo queda llenar el termo. Salgo un día como cualquiera. El sol aún ni siquiera logra anaranjar la cima de la cordillera. Doblo la esquina y me dirijo al paradero hasta que una súbita sensación de estar incompleto me domina. Olvidé mi mascarilla.
La mascarilla es un instrumento indispensable que se adhirió a nuestro look como un aviso de los cambios que se avecinan en esta nueva década, dejándonos solo los ojos y la frente como rostro. Ojos y frente para interactuar con el mundo exterior. Un mundo exterior en pandemia.
El Covid-19 apareció y lo cambió todo desde que se prendieron las alarmas en Wuhan en diciembre del 2019. Nuestra hiper conectividad, dada gracias a los avances tecnológicos, facilitó que el virus se expandiera por todo el globo en cuestión de dos meses. Por poner un ejemplo, la peste negra -también de origen asiático- apareció por primera vez en lo que hoy conocemos como Feodosia, en la península de Crimea, en 1346 y tardó hasta finales de 1347 para llegar a España, mientras que el paciente cero de Coronavirus apareció el 17 de diciembre del 2019 y para el 31 de enero del 2020 se dio a conocer al primer infectado en España. 45 días tardó en cruzar 9.859 kilómetros.
Hoy no solo tenemos comida rápida, vasectomías en media hora y dietas express, también hay pandemias veloces.
Ante esta amenaza el espacio público debió reformularse. El uso de mascarillas, la distancia social y el recordatorio constante de lavarnos las manos se volvieron hábitos sin tener que pasar por la constancia que conlleva que una acción se vuelva hábito. Jamás en la historia había pasado una situación similar. Un desastre sin precedentes, todo el mundo pasando por la misma situación al mismo tiempo.
Llego a mi trabajo sin que me pidieran el salvoconducto. Un día como cualquiera. Como guardia de seguridad, lo único que debes hacer es dejar las horas pasar. Tras hora y media, cedo y me saco la mascarilla -si estoy aquí solo en la caseta, pienso ¿qué me va a pasar? -la guardo en mi bolso y me lavo las manos. Un día como cualquiera esto se transformó en un día como cualquiera.
El uso de la mascarilla se masificó en todo el mundo hace 100 años durante la pandemia de la gripe española, cuya versión que utilizamos ahora está sentada sobre los hombros del primer doctor de origen chino en ser nominado al Premio Nobel de Medicina, Wu lien-teh.
En 1910, se desata la Gran Plaga de Manchuria, al noroeste de China y Lien-teh es llevado para combatir la peste, donde, tras realizar varias autopsias, notó que la enfermedad no provenía de pulgas de marmotas que se comercializaban en ese tiempo como una alternativa de piel más económica -la tesis inicial- sino de algo en el aire que atacaba a los pulmones. Es decir, que no era bubónica, sino más bien, neumónica.
Así empezó a trabajar en una mascarilla aumentando la capa de filtros para impedir el traspaso de partículas acuosas contagiantes. Hoy, como en el pasado, hemos vuelto a tener que cubrir la mitad de nuestra cara, aún que las mujeres musulmanas han debido usar burka, hiyab y niqab toda su vida, todos estos siglos, para el resto del planeta es algo nuevo, pese a que ya lo ha vivido muchas veces.
En Chile, particularmente más, la transición a la democracia llegó a su punto final, el estallido social y con una nueva constitución en el horizonte, la gente salió en masa a protestar ante la acumulación de abusos que han ocurrido en este oasis latinoamericano. La gente en las calles gritando, cantando, sonriendo ahora llevan un bozal, una sombra. Ahora claro, hay sombras y sombras.
En la vorágine del capitalismo no se respeta nada y a todo se le puede sacar dinero. Desde incrustaciones de diamantes a memes estampados, donde hay algo que necesite el ser humano siempre habrá otro dispuesto a vendérselo -hasta si no lo necesita -las mascarillas se han transformado en prendas de diseño para suplir a un mundo que no puede mostrar su sonrisa.
Termina mi turno como un día cualquiera. Saludo a mi reemplazo chocando los codos, intercambiamos palabras de cortesía y me voy. En la micro el chofer nos hace subir por la puerta de atrás, intento encontrar un asiento tocando lo menos posible todo lo hay dentro. Después, a mitad de camino, nos toca un semáforo rojo, a través de la ventana una niña corre para subirse a un resbalín tapado en cintas de no pasar, hasta que la madre de un grito la detiene y la agarra del brazo. Regreso a mi casa un día como cualquiera.


