12 minutos de diferencia
Cine
Por: Christopher Esparza
De pronto, de la nada, un recuerdo me obstaculiza. El comedor es el caos habitual, la fila para rescatar una bandeja que aún tenga postre sale hasta el patio, estoy en sexto básico en el colegio Domingo Santa María de Renca atento a que nadie se me cole. De pronto, de la nada, un ruido nos hace voltear a todos, en el suelo hay dos niños peleando contra ellos mismos hasta que llega la inspectora y los separa. Son los gemelos Espinoza, uno tiene tejido en la costura del bolsillo de la cotona el nombre de Joel y el otro de Marco, salvo eso, diría que son idénticos, aunque van en mi mismo curso, no los conozco tanto como para saber de ese lunar que deben tener en algún lugar que el otro no.
Bueno, en realidad, ni tan de pronto, ni tan de la nada. El arte agita tu cerebro y siempre deja algo caer. El fin de semana pasado vi la película Hereafter (2010) de Clint Eastwood, de en ese entonces 80 años, donde reflexiona sobre la vida y la muerte. Un relato coral donde me llama la atención en particular la historia de los gemelos Jason y Marcus, para sumar casualidades, o, más bien, de Marcus intentando sobrellevar la pérdida de su compañero de óvulo mientras debe vivir con una familia temporal.

El vínculo entre gemelos es más que especial, debe serlo si lograron pasar juntos el camino de ser un puñado de células a cepillarse los dientes. Mientras Marcus entra en la búsqueda de saber que pasa después de la muerte para lograr hacer contacto nuevamente con Jason. Un día, en el metro de vuelta a casa, antes de subir al vagón, una corriente de aire hace que salga volando su gorro, que en realidad es de Jason, que lo usaba para decir "yo soy Jason" y que ahora Marcus lo usa para sobrellevar haber perdido el 50% de sí mismo. Entre la avalancha de piernas del metro de Londres, logra reencontrarse con la gorra, pero no alcanza a subir al tren. Segundos después el tren explota.
Está bien, sí. Es bastante fantástico que tu gemelo muerto te salve de ese destino desde el más allá -la magia del cine dirá alguno. Pero de que hay un vínculo especial, lo hay. Sería imposible compartir el mismo ADN y que eso no provoque nada.
Hace un par de años se viralizó un video de los recién nacidos Weston y Caleb, en California, prematuros de cuatros semanas de anticipación, ambos salieron del útero a un mundo totalmente diferente, tras varios minutos de vida, los bebés lloran incontrolablemente hasta que los vuelven a juntar, reposando la cabeza de uno de ellos sobre el pecho del otro y, sin más tardanza, los incesantes gemidos se transforman en serenidad.
La contención emocional entre gemelos existe desde antes de que desarrollen el lenguaje, los reflejos o el fémur. Estar desde siempre junto a una persona te lleva inevitablemente a reflejarte en esa persona, convertirte en una extensión del cuerpo del otro, a vivir en una constante y difusa cornisa entre ser un individuo y a la vez, solo la mitad de un individuo, y, a la vez, ser la mitad de otro.
Elizabeth Bryan, doctora que ha dedicado su vida a estudiar sobre los nacimientos múltiples y fundadora de la ONG "The Lone Twin Network", afirma que la mitad de quienes pierden a su hermano idéntico no sobreviven 2 años tras el fallecimiento.
Sumido no solo en la tristeza por la pérdida, Marcus también debe enfrentar una crisis de personalidad e identidad. Ya no tiene a nadie de quien depender y debe arreglárselas solo. En "Diario de un gemelo solitario" de David Loftus, cuenta que la noche tras perder a su hermano, pese a que tenía novia y madre y más hermanos y más familiares y más amigos, se convirtió en el hombre más solitario del mundo, no solo es el luto por la muerte de un familiar, es el luto por ti mismo.
Jason nació 12 minutos antes que Marcus. Pero Marcus vivió 12 minutos más que Jason. Y después Marcus vivió mucho más que 12 minutos. Aun así, esa docena de momentos fueron vitales para establecer la personalidad de ambos.
Es imposible no volver a visitar a través de la mente ese triste colegio municipal, ese salón comedor abarrotado de gritos, de mesas pegajosas, de leche con nata derramada. En la razón de la abrupta pelea entre gemelos, en cómo todos estaban impresionados de tal espectáculo, que, pese a la tradición milenaria, nadie gritó: ¡Pelea, pelea!
Los Espinoza siempre andaban juntos, Como Jason y Marcus, quizás el velo de verlos más cercano a un fenómeno que a simples hermanos peleando es lo que más me intriga. Quizás hoy buscaría ser más empático con ellos, más curioso, saber porque siempre los recuerdo con expresión seria, vigilantes. Invitarlos a jugar a la pelota con nuestras botellas de Fanta y arcos con sus palos de polerones en el piso. Hoy, el último recuerdo que tengo de ellos es el rumor de que, al salir del octavo básico, hicieron la enseñanza media en liceos diferentes y me quedé pensando, pensando.
