Se buscan luces

05.04.2021

Cuentos


Por: Guillermo Molina

El silencio acumulado de las horas sabe que no puede resistir otra batalla entre el inicio y el fin de las noches en Santiago. En el centro, algunos buses comienzan a detonar las primeras bombas esparcidas resplandeciendo hacia las periferias. La mayoría sigue aferrada a sus sábanas, otros se aglomeran a pasos cansinos hasta los paraderos. Hombres y mujeres con chaquetas rojas ya delimitan futuras filas de "destinos". Algunas risas, gritos, vapor de aceite quemado de sopaipillas, el café y el humo del cigarro inunda el ambiente. No importan las estaciones, la misión es la misma, la espera es igual.

Su pelo el más negro que vi, siempre rizado y mojado -incluso en invierno- la diferenciaban del paisaje cotidiano todas las mañanas,  cargaba una mochila más grande que su espalda y enormes audífonos verdes. Mirando el horizonte de la calle solía dejar pasar un par de micros, hipnotizados por las luces que se reflejaban en el pavimento. A veces tenía un brazo quieto, la siguiente semana podría ser el otro, a veces cojeaba, siempre se paró detrás de las sillas metálicas apoyada en la publicidad frente al cartel del recorrido, su punto.

Nunca la vi fumar, nunca me compró nada antes. Un ojo morado fue lo primero que vi al atenderla. Temblando, preguntaba por cigarros sueltos, tomé mi cajetilla del bolsillo y le pasé dos. Su ojo abierto me mira, recibiendo inmediatamente destellos de su temple. Un tono entre suave y pastoso se pronuncia con un forastero "gracias" a secas.

Van cinco micros que deja pasar, el asfalto reluce sus baches de nuevo, la ciudad es dominada por el ruido, cae uno que otro cliente:

- Jefe ¿Deme cuatro cigarros? Tengo luca.

- No tengo, más allá hay una bencinera.

- Las bebidas ¿Cuánto salen?.

- Tengo pura Fruna mi rey.

- ¿Por allá la bencinera?.

-Si mijo.

En mi silla de cuerina roja me quedaba dormido cuando la voz pastosa me interrumpe de nuevo: -tiene para llamar, por favor señor-. No era mi intención escuchar la llamada, entre quejidos ella pedía volver no sé a dónde, tampoco a quien. Corta después de sollozar, sus piernas delgadas se doblan caminando hacia mí, se trató de parar, pero estaba muy débil y cae tendida, hice la llamada, pero la ambulancia nunca llegó. Así que le di espacio y esperé.

Revistas adentro, hieleras secas y a caminar. Solo miradas y cero palabras, se veía mejor. Los vecinos se volteaban al vernos pasar. Sorteo por fin la maña de la reja y entramos, sentados en el comedor se escuchaban nuestras respiraciones y atrás la música de "Romané". Le preparé un café y un pan con margarina, mientras llamo a mi esposa desde la cocina. Vuelvo con un viejo tazón amarillo a sentarme, la joven lo acerca delicadamente a su nariz. Fue ahí, la primera sonrisa que vi con sus ojos achinados, fue la primera vez que hablamos de verdad.

Ya nadie se para en su lugar, como si las luces no quisieran pasar a través de las sillas. Nunca me percaté del corte en su vientre, mi esposa no alcanzó a llegar, la única vez que nos conocimos nos tuvimos que despedir. Han pasado años y no veo como antes, pero esas luces siguen siendo el reflejo más brillante y breve del día, sobre todo, viéndolo desde su punto.

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