Polvo
Cuento
Autor: Guillermo Molina
Con mis ojos cerrados recordé un día en la playa, de esos días en que los rayos entibian la piel, pero la brisa fresca se adueña de las sombras. Mis pies enterrados en la arena, pero no mucho. Una mano sostiene El inferno de Dante y la otra un café hasta la mitad, entre dulce y salado a esas alturas. Me pierdo en la visión dantesca del concepto del infierno, de reojo miro las olas agresivas que me sumergen aún más en los pensamientos de Dante. Acomodo el banquillo como corresponde más de una vez, sentí que las nubes que ya estaban cubiertas de un rojo fuerte no eran una coincidencia, tenía que haber un mensaje.
Quebrando mis visiones del abismo, un olor fuerte a pino me devolvía el ardor que alguna vez tuve en las manos, una camisa áspera y perfectamente planchada se mueve como lija por mi cuello. Quería correr, pero unos zapatos dos tallas más grandes me hacían tan lento como mi hermano. Al lado, una hilera de señoras se sentaban, se paraban, se sentaban y luego se ponían de rodillas mirando el altar, una y otra vez. Todos se abrazan, hasta que el único hombre de blanco, come y bebe delante de nosotros. Una fila espontánea llega casi hasta la puerta de la entrada. Se acorta veloz, al llegar a mi lugar, me pongo de pie y me formo. -Recibe el cuerpo de dios-, me dice el hombre del momento. Tomé asiento arrepentido y apocado, me había comido al mismísimo dios y no tenía sabor.
Mirando el techo las grietas forman figuras extraordinarias, desde mapas a caricaturas. Veo como el tiempo destruyó lo que alguna vez fue amarillo en las paredes, me parece irónico. En medio de todo, una luz blanca cuelga meciéndose iluminando más de lo que debería. Hay silencio, algunos pasos se escuchan, pero vuelve la calma. Me pregunto si esos dos serían mis recuerdos finales más espirituales.
Alguna vez leí que uno veía pasar su vida entera en cámara lenta, pero no lo veo y quiero intentarlo. Entiendo que el óxido y parches del ventanal supere cualquier intento por cerrarse, pero tengo mucho frío. Aún espero las imágenes y me desconcentra, además siento la vibración del motor de la máquina junto a mí y su constante y agudo tintineo.
Por fin logro respirar algo de mi hogar, cuando alguien toca mi hombro y me pide que me ponga de costado. Quedó mirando la ventana y me recibió un cielo rojo, pero tan rojo como nunca antes lo había visto. La cortina se abre bruscamente, el hombre de blanco ahora llega de negro ¿Será otra señal?
